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La bitácora de un marino Homosexual Chileno “Tuve un pensamiento suicida”

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El cabo de la Armada Mauricio Ruiz recordó en una entrevista con la revista Sábado que vivía rodeado de una familia evangélica y que, por eso, “pensaba que lo que yo sentía era una especie de demonio que me estaba tratando de llevar al infierno”.

 

Hace tres años Mauricio Ruiz se convirtió en el primer miembro de las Fuerzas Armadas chilenas en asumir públicamente su homosexualidad. ¿Cuáles fueron las reales razones que lo empujaron a hablar ese día? ¿Qué pasó con él tras eso? Aquí, en su primera entrevista, Ruiz explica cómo un muchacho criado por abuelos evangélicos se convirtió sorpresivamente en un símbolo de la diversidad. Y cómo después llegó a imaginar que todos querían perjudicarlo. 

El cabo segundo Mauricio Ruizestá en la terraza del departamento que arrienda en Antofagasta, tomando cerveza una tarde de sábado. Un aroma a pollo sale de la cocina. Hoy Ruiz, de 28 años, tiene día libre. Su uniforme, compuesto por su camisa blanca de manga corta, sus pantalones negros, chaquetilla oscura y zapatos, descansa en su casillero en el Centro de Telecomunicaciones de la Armada, donde trabaja desde 2015. Por eso es que, al menos hasta el lunes, cuando tenga que volver a estar de guardia durante cuatro días seguidos y a pasar las noches en la litera de su repartición, usará jeans, zapatillas y una camisa blanca.

-Es bonito acá -dice- y apunta hacia el mar que puede observarse desde este piso 13. Eso, explica, fue lo primero que lo atrajo a la Armada: el agua, estar cerca de ella. Cuando estudiaba en la Escuela de Grumetes era seleccionado de natación y antes, durante su infancia, podía pasar horas nadando en el río Diguillín, cerca de Chillán, donde se crió. Pero eso, explica, ahora es pasado.

Su vida, cuando tiene un trabajo más administrativo en la Armada y no sale a embarcarse, está aquí.

-Ayúdame con el arroz y con la mesa, porfa -se escucha desde adentro.

Mauricio Ruiz, entonces, se desplaza desde la terraza, cruza el comedor y entra a la cocina: ahí, condimentando el pollo, está el hombre con el que ha compartido los últimos dos años de su vida.

Salir del clóset

Es el 27 de agosto de 2014. Mauricio Ruiz está encerrado en el baño del Movilh, mirándose al espejo. Se dice a sí mismo que esté tranquilo. Después se lo dice de nuevo. Pero duda, porque no sabe qué va a decir y no se siente preparado. Afuera, la sala está llena de cámaras, micrófonos y periodistas. Todos están ahí por la promesa de algo histórico: por primera vez un militar chileno saldrá públicamente del clóset. Cuando abre la puerta, alguien grita su nombre, pero no puede llegar al escenario porque hay demasiada gente. Todo esto es muy distinto de lo que había imaginado. Un día antes, contándole a su madre sobre lo que iba a hacer, dijo que tal vez llegaría un canal de televisión a escucharlo.

-Nunca había visto tanta prensa, al punto de que tuvimos que pedirles a los periodistas que se hicieran a un lado para que pudiera entrar Mauricio, porque no había espacio -recuerda Oscar Rementería, vocero del Movilh, presente esa mañana.

A pesar de que esa conferencia fue autorizada por la Armada, sí exigieron algunas cosas. Mauricio Ruiz no podía estar con su uniforme, ni hacer reclamos que antes no hubiese formulado a través del conducto regular de la institución. A él le parecían estrictos, pero los acató: pisaban sobre terreno nunca antes transitado.

Cuando pudo llegar a los micrófonos, donde lo esperaba su pareja de entonces, dijo: “Al hablar públicamente de mi homosexualidad, estoy diciendo que en las Fuerzas Armadas tenemos heterosexuales, lesbianas y homosexuales y con este paso espero que eso deje de importar, pues mientras no se hable seguirá estando oculto y, por tanto, siendo relevante”.

Su hermana y su madre lo vieron por la televisión.

-Cuando él nos llamó para contarnos lo que iba a hacer, dijo que no era feliz. Que él no hacía su vida normal y que quería mirar a la gente a la cara. Que supieran realmente quién era. Del momento en que hizo esa conferencia de prensa, la vida le cambió a él y a nosotros. Ahí comprendimos que esa era la felicidad que necesitaba. Al otro día, mi mamá compró el diario especialmente. Aún guarda el recorte -recuerda Carolina Ruiz.

Esa conferencia, como cree Rolando Jiménez, se convirtió en un hito comunicacional. No solo fue cubierta por todos los medios nacionales, sino que también por diarios latinoamericanos y europeos, que se enfocaron en que nunca antes un militar activo había hecho algo así aquí. La BBC de Inglaterra tituló: “Un marino chileno hace historia al anunciar que es gay”. El Mundo, de España, informó: “Un marino chileno reconoce que es gay y marca un hito en las Fuerzas Armadas”.

Al día siguiente, Mauricio Ruiz regresó a su trabajo en Viña del Mar. Dice que fue la primera vez que pudo estar en esa oficina completamente tranquilo y que solo hubo una cosa que logró molestarlo.

-Me acuerdo que iba entrando a trabajar y desde la calle gritaron uy, ahí van los marineritos.

El calvario

Nadie en la familia de Mauricio Ruiz había pertenecido nunca a la Armada. Sus padres, que vivían de la agricultura, tenían 20 años cuando lo tuvieron, en octubre de 1989: lo dejaron a cargo de sus abuelos paternos mientras ellos se iban a trabajar como temporeros a San Fernando, en la Sexta Región. Los abuelos se llamaban Luis y Leodina Ruiz. Vivían en El Calvario, un sector rural en la comuna de San Ignacio, al sur de Chillán. La pareja, más que admiradores del mundo naval, eran fervientes devotos evangélicos pentecostales. Iban al culto cada vez que podían. Según Ruiz, seguían todas las tradiciones:

-Para ellos la homosexualidad no era digna del reino de los cielos -dice el cabo Ruiz. Hubo un momento en que pensaba que lo que yo sentía era una especie de demonio que me estaba tratando de llevar al infierno. Me daba miedo, porque pensaba que iba a sufrir durante la eternidad. Y yo no quería eso. Por eso reprimí mi homosexualidad. No la quería aceptar.

Durante los años en que Mauricio fue criado por sus abuelos, sus padres tuvieron dos hijos: Alberto y Carolina. También se casaron y se separaron. Mauricio trató de volver a vivir con su madre, pero no supieron entenderse. Sin ganas de vivir en el campo, deambuló por casas de tíos en Chillán que lo alojaban temporalmente.

-Un día llamaron a mi mamá y le dijeron que mi hermano estaba en una subcomisaría de menores. Mi mamá pensó que él había hecho algo malo. Viajó a Chillán, fue a la subcomisaría y le preguntaron que por qué ella no se hacía cargo de mi hermano. Mi mamá les dijo que ella no podía, que no tenía la situación como para hacerse cargo de él, porque ya estaba complicada con nosotros dos. Ahí ella trató de buscar una solución y conversó con un hermano de ella -cuenta Carolina Ruiz.

-Esa época la recuerdo con un poco de pena porque el apoyo que necesitaba de mi familia no estaba. Me sentía solo -cuenta Mauricio Ruiz, que aún no sentía que podía sincerarse frente a su madre sobre su sexualidad.

A los 17 años un soldado fue a su liceo a promocionar el servicio militar.

-Yo dije ya, esta es la mía. Estaba resentido y enojado con mi familia. Quería alejarme un poco. La vida militar tiene estructura, orden, disciplina. Eso es lo que me faltaba de cierta forma.

-¿No le causaba conflicto por ser gay?

-Yo todavía no aceptaba plenamente que era homosexual. De alguna forma ya lo sabía. Pero en ese momento no consideraba la homosexualidad para decidir lo que yo quería hacer.

Mauricio Ruiz se inscribió para hacer su servicio en la Armada. Ahora, sentado en su balcón mirando el mar, recuerda que en ese momento ni siquiera entendía que era una rama distinta que el Ejército. Se imaginaba, dice, siendo “como un Rambo en el bosque”. A diferencia de otros compañeros, no echó de menos a su familia. Le gustaba estar ahí, tener ropa limpia, comida caliente y no tener que estar preocupándose de quién se iba a hacer cargo de él.

En 2008 se fue a Talcahuano por dos años. En 2010, ingresó a la Escuela de Grumetes y al año siguiente eligió la especialidad de telecomunicaciones que cursó en la Academia Politécnica Naval de Viña del Mar.

Por esos años, Ruiz tuvo polola. Era una compañera temporera de su madre, de San Fernando. Dice que la quiso, pero que también era parte de una fachada que mantuvo un tiempo. El mismo rol que tomaba cuando, por ejemplo, acompañaba a sus compañeros de escuela a cafés con piernas y que empezó a volverse insostenible cuando comenzó a llamarle la atención otro grumete.

-Un día estábamos los dos solos. Empezamos a jugar, así como en confianza, y después terminamos dándonos un beso. Me pasó que en ese beso yo me sentí feliz. Mucho más de lo que me había sentido antes. Fue como un primer beso.

Mauricio habló con su novia. Le dijo que había conocido otra mujer y que por eso ya no podían seguir. Según él, fue doloroso.

El resto del curso en la Academia Politécnica Naval se dio cuenta de los cambios de Ruiz con ese compañero. Sobre todo porque en la Armada está prohibido mantener relaciones sentimentales con personas del mismo departamento o guardia, sin informarlo.

-Andábamos siempre juntos. Le daba de mi comida. Nos distanciábamos del grupo para conversar. Había momentos en que nos molestaban diciendo “ay, sí, son pareja”. Me hacía sentir mal porque me estaban molestando por algo que yo sabía que era verdad, pero de lo que no podía defenderme.

-¿Le daba miedo que supieran?

-Lo que más me daba miedo era que alguien de mi trabajo se diera cuenta y me humillara. Recuerdo que cuando murió Daniel Zamudio estaba en un buque y dieron la noticia en la televisión. Estábamos en los comedores y había compañeros que abiertamente decían que lo encontraban bueno, que a los homosexuales había que matarlos. Y yo ahí, al lado.

El paso siguiente fue contarle a su familia. Mauricio lo hizo durante una visita.

-Fue muy chocante para nosotros -dice su hermana, Carolina-. Porque cuando él se fue a Viña tenía polola. A nosotros nunca se nos pasó por la mente que mi hermano era gay. Su vida era normal. Hacía su vida como una pareja normal. Entonces, cuando nos dio la noticia, para nosotros fue muy fuerte. Porque uno, por ignorante, no sabe lo que es ser gay. Solo veíamos que no era muy bien visto ante la sociedad, uno se deja guiar por eso. Por el qué dirán.

La más afectada, dice ella, fue su madre.

-Lloraba desconsolada, no lograba entender la situación. Me decía: “Yo lo tuve en mis brazos, yo lo mudé y yo tuve a un hombre”. ¿Por qué ahora me pasa a esto? -recuerda su hermana.

La vida, dice Ruiz, no fue más fácil después de eso, a pesar de que lo apasionaba su trabajo. En ese entonces, como parte del departamento de Telecomunicaciones, Ruiz ayudaba a guiar a los buques que pasaban por la costa. Según él, sufría un hostigamiento laboral. Como cuando recibía retos por cerrar una puerta de la oficina demasiado fuerte para sus compañeros o los gritos que escuchaba cuando entregaba un documento con un error. Su mente comenzó a darle vueltas a eso y era difícil, porque chocaba con un valor que lo había ayudado a encontrar un hogar en la Armada: que esa institución cuidaba a los suyos.

-Empecé a sospechar que ellos nunca me habían visto con una mujer, porque hacían eventos y yo iba solo -dice Ruiz-. Empecé a sospechar que ellos se habían dado cuenta de que yo era homosexual. Eso lo concluía yo. Era un momento de tanto estrés, que uno piensa muy distinto. Tenía problemas para dormir, me olvidaba de las cosas. Eso me traía más problemas todavía.

Su miedo a que lo descubrieran lo llevó a arrendar una casa en Quilpué con su pareja de entonces, para que nadie pudiera verlos. También comenzó a visitar al psicólogo de la Armada en 2013. Le decía que estaba estresado, pero no podía contarle realmente por qué.

-En algún momento tuve un pensamiento suicida. Veía todo tan negro.

Un domingo de 2014, alrededor de abril, Ruiz caminaba abrazado por Viña del Mar con Jorge, un novio electricista de ese tiempo. Era un desafío a las normas de privacidad autoimpuestas con las que había vivido hasta entonces. No se dio cuenta, pero uno de sus sargentos venía caminando en sentido opuesto. Ruiz dice que solo lo vio cuando estaba a tres metros, que lo saludó con un gesto de la cabeza y que no le dijo nada, según Ruiz, hasta el día siguiente:

-El sargento me retó porque andaba abrazado de mi pareja en la calle. Aunque creo que él no sabía que era mi pareja. Me empezó a decir: “Oye, Ruiz: lo único que te faltó fue que le hicieras transfusión de saliva”. Estábamos en la oficina, había más personas mirando. Yo le dije ¿por qué me está diciendo eso? y él me decía, porque es feo.

Después de eso, buscando organizaciones que ayudaran a homosexuales en Google, Mauricio Ruiz descubrió lo que era el Movilh. Llamó y, después de algunos días, se reunió con dos voceros en Santiago: Rolando Jiménez y Oscar Rementería. Esa vez le dijeron que si estaba seguro de que los problemas con sus compañeros eran por su homosexualidad, tal vez una conferencia de prensa donde su situación se hiciera pública a los medios, podría resguardarlo. Ruiz no sabía que ningún militar en Chile había hecho algo así antes.

-Nosotros creíamos que, para garantizar entre otras cosas que al otro día no lo echaran, que lo mejor era ver la posibilidad de llegar a un acuerdo con la Armada para provocar esa conferencia. Él estuvo de acuerdo y por lo tanto me tocó viajar dos veces a Valparaíso a reunirme con sus oficiales. Tuvimos que hacer pedagogía respecto de las situaciones de discriminación que él había vivido -dice Rolando Jiménez.

Oscar Rementería, que también participó en estas reuniones, recuerda a Mauricio Ruiz sentado y callado en la sala, respondiendo brevemente que las situaciones de discriminación descritas por ellos eran ciertas.

-Mauricio estaba absolutamente nervioso. Él después me explicó que para un marino, que más encima no es oficial, sino que suboficial, reunirse con el comandante de la primera zona naval, es un paso antes de Dios. La gran mayoría de los marinos pueden pasar toda su carrera sin reunirse con alguien de tanta jerarquía en su oficina -agrega Rementería.

La conferencia, como se sabe, finalmente se aprobó. Tres años después, cuando estaba encerrado en el baño del Movilh, Mauricio Ruiz solo tenía una certeza.

-Era la última carta que me jugaba para seguir en la institución. Yo ya estaba con antidepresivos. Si esto no funcionaba, pedía el retiro.

Perseguido

-¿Paremos acá?

Después de recorrer el borde costero, Mauricio Ruiz se sienta en una escalinata del antiguo muelle salitrero de Antofagasta. A su izquierda hay artesanos, un hombre durmiendo en el suelo y a sus espaldas una pareja camina de la mano. Aquí nadie lo reconoce, ni quiere saber de él. Pero eso, hace tres años no fue así. Poco después de su salida pública del clóset, le comenzaron a llegar muchos mensajes privados por Facebook. Eran, sobre todo, hombres que querían conocerlo.

-Había muchas personas que eran muy desubicadas, que me mandaban mensajes que decían que yo era todo lo que siempre habían buscado. Yo lo asociaba en ese momento a la fantasía erótica de estar con un uniformado -dice Ruiz.

En los meses siguientes, Mauricio terminó con su pareja y en mayo de 2015 fue trasladado a Antofagasta. Su cabeza volvió a elaborar paranoias. Especuló que la Armada estaba tratando de esconderlo y, por eso, le avisó a Rolando Jiménez:

-Él señaló su preocupación de que esto podía ser parte de una operación de castigo. Yo conozco el funcionamiento de las Fuerzas Armadas y le dije que el tema del traslado de un lugar a otro del país es una cuestión constante. Más aún si se trata de alguien soltero y sin hijos. Pero él sentía el traslado como una revancha en su contra.

Ruiz hizo el viaje desde Viña del Mar, en bus. Se demoró unas 15 horas y cuando llegó fue a reportarse. Su jefe sabía quién era. Según él, le dijo que no tenía nada en contra de su homosexualidad. Después le mostraron la litera donde dormiría: estaba separada, por unos casilleros, de las literas donde dormían sus demás compañeros.

-Yo lo conversé con el subjefe de ese momento. Él me dijo que de cierta forma era para protegerme en caso de que los marineros en la noche llegaran en estado de ebriedad y me quisieran decir algo o me molestaran. Pensándolo fríamente, igual sirvió para que ellos se acostumbraran a mí. Tenían que entender que no iba a andar acosándolos o vigilándolos en las duchas.

Las duchas, de hecho, fueron un tema. Nadie le dijo nada, pero Ruiz se dio cuenta de que muchos compañeros se duchaban más temprano para evitarlo. Posteriormente, supo que varios compañeros no querían que llegara. Por eso, por ejemplo, pocos hablaban con él al principio.

En Antofagasta, volvió al psicólogo de la Armada. Internamente masticaba la idea de que les caía mal a sus compañeros por ser homosexual, que con él eran más estrictos que con el resto y que lo hacían dormir solo para que se aburriera y regresara a Chillán. Mauricio Ruiz se sentía solo y, tal vez, por eso empezó a atraparse en ciertas manías. Siempre lustraba sus zapatos y planchaba sus camisas y mantenía su pelo corto, porque creía que si no lucía perfecto les daría motivos para manchar su hoja de vida.

-Se lo conté al psicólogo. Él me dijo, objetivamente, ¿qué han hecho contra ti aquí, por tu condición sexual? Y ahí me di cuenta de que me estaba basando en especulaciones.

-¿Qué explicaciones le dio para esa conducta?

-El miedo. A perder la pega, a no saber qué hacer después. El miedo me hacía interpretar acciones de los demás, como que me querían atacar. Por eso andaba a la defensiva. Creía que si pasaba algo, tenía que ver con que la otra persona era homofóbica.

Lo que pasó, en el fondo, era algo que Ruiz no había previsto: así como la Armada tuvo que adaptarse a los desafíos que su caso les planteaba, él, a nivel mental, también tenía que adaptarse a la Armada. A entender que no todos ahí eran sus enemigos.

Como una forma de paliar esos temores, en marzo pasado Ruiz entró a estudiar Trabajo Social en horario vespertino. Lo hace en la Universidad Santo Tomás. La Armada, en tanto, dice que no lo ve como un caso especial. Pero aun así, conseguir el permiso para entrevistarlo requirió de más de un mes después de una primera negativa, varias consultas y una reunión con el Departamento de Comunicaciones de la institución.

-Él ha tenido un desempeño igual que cualquier miembro de la institución y me imagino que ha tenido problemas profesionales como cualquier miembro de la institución. Lo que nosotros hemos tenido que hacer es adaptar nuestra condición institucional a los cambios sociales que se viven en toda la sociedad nacional. El aprendizaje más grande es que nosotros lo respetamos y evaluamos no por su condición sexual, sino que exclusivamente por sus aptitudes profesionales -asegura el comandante Leonardo Chávez, director de comunicaciones de la Armada.

Ahora es lunes. Son las 7:45 horas y Mauricio Ruiz toma la primera de las dos micros que necesita para llegar a su trabajo, donde está a cargo del inventario de la bodega con que su oficina se abastece con útiles de aseo y escritorio. Su trabajo, dice, es asegurarse de que todos tengan lo que necesitan. Y eso le gusta porque siente que ayuda y porque puede hacerlo tranquilo.

-Supuestamente -dice- la homosexualidad atacaba la virilidad de la institución. O podía hacer que la institución se viera más débil, porque alguien como yo arrancaría si hubiese una guerra. Pero en estos tres años, ¿qué ha pasado? No ha habido ninguna complicación por ser homosexual y trabajar tal como los demás. Lo mismo con la fiesta de fin de año. El año pasado fui con mi pareja y ¿qué pasó? Nada. No se cayó el mundo.

-¿No siente que la Armada lo tiene ahí por un tema de corrección política?

-Yo no tengo un trato privilegiado. La Armada me puede echar si cometo alguna falta a la disciplina o no cumplo con mis obligaciones. Hay gente que piensa que me aseguré saliendo del clóset, pero yo no siento que estoy blindado aquí por un tema de corrección política.

-¿Cree que va a poder ascender en la institución?

-El ascenso en la Armada es por tiempo de permanencia. Si sigo tres años más, sería cabo primero.

-¿Apoyaría que más militares salieran del clóset públicamente?

-Si el hecho de salir del clóset significa una mejora en sus vidas, claro que apoyaría esa decisión. Sobre todo con personas homosexuales que han sido maltratadas.

Según el Movilh, después de la conferencia de Mauricio Ruiz, no han recibido ningún reclamo por homofobia desde algún integrante de la Armada, pero sí de otras ramas como el Ejército y Carabineros.

-¿Le gustaría casarse en el futuro?

-Sí, está en mis planes casarme y formar familia. De hecho me encantaría cumplir con la tradición naval de casarme con mi uniforme. Eso ya lo hemos conversado con mi pareja.

Mauricio Ruiz se baja. Camina dos cuadras y toma el segundo bus.

-¿Cree que alguno de sus compañeros iría a su matrimonio?

-Una cosa es que me acepten laboralmente, pero otra que se relacionen conmigo. O que compartan conmigo fuera de la pega. Aunque ahora tengo un compañero de trabajo que considero mi amigo. Creo que él iría.

El bus se detiene en la avenida Argentina, frente al Centro de Telecomunicaciones Navales de la Armada: un edificio color mostaza, que está sobre un cerro desde donde puede observarse Antofagasta hacia el norte. Son las 8:10. Antes de entrar, Mauricio Ruiz dice una cosa.

-Yo creo que es muy erróneo eso de que los homosexuales son más débiles. La verdad es que hay que ser muy fuerte para esto.

Luego se va caminando. Un guardia lo saluda a la entrada y después avanza hasta perderse en el edificio.

 

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